¿ACASO PUEDO OBLIGARME A AMAR A DIOS?

Updated: Sep 7, 2019


El amor no es una obligación. Si ese fuera el caso el amor dejaría de ser amor. Por ejemplo, yo no puedo obligar a mi esposa a amarme. ¿Por qué? Sencillamente porque el amor es una decisión, un acto de la voluntad ejecutado por seres volitivos. Como en toda relación interpersonal, yo he decidido amar a mi esposa y ella, en cambio, ha decidido amarme a mí. Y como en toda relación que comienza, siempre es una de las dos partes quien inicia el contacto. Permítanme explicar.


Cuando yo conocí a mi esposa, tomé la iniciativa de acercarme a ella y presentarme formalmente. Desde allí brotó una pequeña semilla que se fue cultivando y con el tiempo se convirtió en una muy bonita amistad. En el transcurso de algunos años, las raíces de aquella amistad se hicieron más profundas hasta que dieron como fruto una relación de noviazgo. Durante esa etapa, los momentos y experiencias que el Señor nos permitió compartir fueron el abono que hizo posible que nuestros sentimientos se fortalecieran. Al cabo de un año, nuevamente hice uso de algo de iniciativa y le propuse matrimonio. ¡Felizmente, ella decidió aceptar! Nuestro compromiso duró un año hasta que una tarde de Febrero nos hicimos el voto de amarnos para toda la vida, en pobreza y en riqueza, en salud y en enfermedad. Desde ese día, nuestro amor ha ido solamente en incremento. Como veremos a continuación, existen algunos paralelos entre la manera en que nuestra relación matrimonial se consumó y la relación de Dios con cada creyente.


En primer lugar, Dios tomó la iniciativa de acercarse a nosotros al encarnarse (Jn. 1:14; Fil. 2:7; 1 Ti. 3:16). Aunque nadie le había visto jamás, se dio a conocer a nosotros en Cristo Jesús (Jn. 1:18). Él nos mostró el resplandor de Su gloria en el rostro de Su Hijo Unigénito (Heb. 1:3). En un mundo en el que nadie busca a Dios (Ro. 3:10-11), Él se acercó a nosotros. Él se presenta formalmente mediante Su creación y en la revelación de Su Palabra (Ro. 1:20; Sal. 119). Para conocer mejor a Dios, lo primero que debemos hacer es encontrarnos con Él en las páginas de las Escrituras.


En segundo lugar, Dios tomó la iniciativa de amarnos. El apóstol Juan escribe, “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 4:10). El apóstol Pablo nos dice acerca del amor de Dios: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:8). Por eso, uno de los pasajes más famosos de la Biblia proclama: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16).


En tercer lugar, Dios tomó la iniciativa de reconciliarnos consigo mediante la cruz de Cristo (2 Co. 5:19; Col 1:20). Nuevamente, en toda relación que comienza, siempre es una de las dos partes quien inicia el primer contacto. En el caso de nuestra relación con Dios, fue Él quien al acercarse a nosotros dio el primer paso para que pudiésemos ser reconciliados con Él. Es cuando el creyente escucha las buenas nuevas del evangelio, se arrepiente de sus pecados, cree y confiesa al Hijo de Dios como su Señor y Salvador, que comienza su relación personal con Él. Desde ese punto en adelante, nuestro amor hacia Dios va incrementando a medida que nos relacionamos con Él mediante la oración, la lectura de Su Palabra y las experiencias que día a día vivimos con Él.


Por tanto, a la luz de cómo se desarrolla nuestra relación con Dios, podemos concluir junto con el apóstol Juan: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Jn. 4:19). ¿Puede alguien obligarse a amar a Dios? La respuesta es un claro y enfático no. Sin embargo, como respuesta a la iniciativa que Dios ha tomado al acercarse a nosotros, mostrarnos su amor y reconciliarnos consigo mediante la cruz de Cristo, podemos decidir amarle con todo nuestro corazón, y con toda nuestra alma, y con toda nuestra mente (Mt. 22:37). “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1 Jn. 4:8). El amor que sentimos por Dios es un producto de la obra que Él realiza en nuestro corazón. Y como en toda relación, con el tiempo ese amor madura y se fortalece a medida crecemos en intimidad con el Señor. Amén.


Es mi oración que este recurso estimule tus afectos por la Palabra de Dios, sea de edificación para tu alma, te ancle en el conocimiento de la verdad y redunde en tu crecimiento espiritual. Hasta el próximo miércoles.

En Cristo,


Winston Williams

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